El siguiente texto es un resumen elaborado a partir del compilado
de escritos de Mijaíl Bakunin en base al capitulo llamado “Crítica de
la sociedad existente” correspondiente al Tomo I de Escritos de
filosofía política (compilado de Maximoff). Se ha rescatado aquellas
partes donde Bakunin se refiere a la Democracia y las elecciones. Los
títulos en negrita son del compilador (Maxinoff) y naturalmente, el
desarrollo del texto es obra de Mijaíl Bakunin.

Mientras
el pueblo alimente, mantenga y enriquezca a los grupos privilegiados de
la población mediante su trabajo, incapaz de auto-gobierno por verse
forzado a trabajar para otros y no para sí, estará invariablemente
regido y dominado por las clases explotadoras. Esto no puede remediarlo
ni siquiera la constitución más democrática, porque el hecho económico
es más fuerte que los derechos políticos, que sólo pueden tener
significado y realidad mientras reposen sobre él.
La igualdad de derechos políticos o Estado democrático constituye la más
flagrante contradicción terminológica. El Estado o derecho político
denota fuerza, autoridad, predominio; supone de hecho la desigualdad.
Donde todos gobiernan, ya no hay gobernados, y ya no hay Estado. Donde
todos disfrutan del mismo modo de los mismos derechos humanos, todo
derecho político pierde su razón de ser. El derecho político implica
privilegio, y donde todos tienen los mismos privilegios, allí se
desvanece el privilegio, y junto a él el derecho político. Por
consiguiente, los términos «Estado democrático» e «igualdad de derechos
políticos» implican nada menos que la destrucción del Estado y la
abolición de todo derecho político.
El término «democracia» se refiere al gobierno del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo, y la palabra pueblo se refiere a toda la masa de
ciudadanos —actualmente es preciso añadir: y de ciudadanas— que forman
una nación.
En este sentido, nosotros sin duda somos todos demócratas.
La democracia como «Gobierno del Pueblo» es un concepto equívoco. Pero
al mismo tiempo hemos de reconocer que el término democracia no basta
para una definición exacta, y que si se le considera aislado, como
acontece con el término libertad, sólo puede prestarse a
interpretaciones equívocas. ¿No hemos visto llamarse demócratas a los
plantadores y propietarios de esclavos del Sur, y a todos sus
partidarios en el Norte de los Estados Unidos? Y el cesarismo moderno,
que pesa como una terrible amenaza sobre toda la humanidad europea, ¿no
se llama también a sí mismo democrático? E incluso el imperialismo
moscovita y de San Petersburgo, este «Estado puro y simple», ideal de
todos los poderes centralizados, militares y burocráticos, ¿no aplastó
recientemente a Polonia en nombre de la democracia?
Explotación y gobierno
La explotación y el gobierno son dos expresiones inseparables de lo que
se denomina política; la primera suministra los medios para llevar
adelante el proceso de gobernar y constituye también la base necesaria y
la meta de todo gobierno, que a su vez garantiza y legaliza el poder de
explotar. Desde el comienzo de la historia, ambos han constituido la
vida real de todos los Estados teocráticos, monárquicos, aristocráticos,
e incluso democráticos. Antes de la Gran Revolución, hacia finales del
siglo XVIII, el vínculo íntimo entre explotación y gobierno estaba
oculto por ficciones religiosas, nobiliarias y caballerescas; pero desde
que la mano brutal de la burguesía ha desgarrado esos velos bastante
transparentes, desde que el torbellino revolucionario desperdigó las
vanas fantasías tras de las cuales la Iglesia, el Estado, la teocracia,
la monarquía y la aristocracia mantenían serenamente durante tanto
tiempo sus abominaciones históricas; desde que la burguesía, cansada de
estar en el yunque, se convirtió en el martillo e inauguró el Estado
moderno, este vínculo inevitable se ha revelado como verdad desnuda e
indiscutible.
Capitalismo y democracia representativa
La producción capitalista moderna y la especulación bancaria exigen para
su pleno desarrollo un gran aparato estatal centralizado, pues sólo él
es capaz de someter a su explotación a los millones de asalariados.
Mientras el sufragio universal se ejerza en una sociedad donde el
pueblo, la masa de trabajadores, está ECONÓMICAMENTE dominada por una
minoría que controla de modo exclusivo la propiedad y el capital del
país, por libre e independiente que pueda ser el pueblo en otros
aspectos o parezca serlo desde el punto de vista político, esas
elecciones realizadas bajo condiciones de sufragio universal sólo pueden
ser ilusorias y antidemocráticas en sus resultados, que invariablemente
se revelarán absolutamente opuestos a las necesidades, a los instintos y
a la verdadera voluntad de la población.
Bajo el capitalismo, la burguesía está mejor equipada que los
trabajadores para hacer uso de la democracia parlamentaria. Es cierto
que la burguesía sabe mejor que el proletariado lo que quiere y lo que
debe querer. Esto es verdad por dos razones: primero, porque es más
culta, porque tiene más ocio y muchos más medios de todo tipo para
conocer a las personas a las que elige; y segundo, y esta es la razón
principal, porque el propósito que persigue no es nuevo ni inmensamente
vasto en sus fines, como acontece con el del proletariado. Al contrario,
es un propósito conocido y completamente determinado por la historia y
por todas las condiciones de la situación actual de la burguesía; no es
más que la preservación de su dominio político y económico. Esto se
plantea de modo tan claro que resulta bastante fácil adivinar y saber
cuál entre los candidatos solicitantes de los votos electorales
burgueses es capaz de servir bien a sus intereses. En consecuencia es
seguro, o casi seguro, que la burguesía estará siempre representada de
acuerdo con sus deseos más íntimos.
A mi juicio está claro que el sufragio universal constituye la
manifestación más amplia, y al mismo tiempo más refinada, de la
charlatanería política estatal; es sin duda alguna un instrumento
peligroso, que exige de quienes lo utilizan una gran habilidad y
competencia, pero que al mismo tiempo, si esas personas aprenden a
utilizarlo, puede convertirse en el medio más seguro para hacer que las
masas cooperen a la construcción de su propia cárcel. Napoleón III
construyó su poder enteramente sobre el sufragio universal, que nunca
traicionó su confianza. Y Bismarck hizo de él la base de su Imperio
Látigo-Germánico.
El SISTEMA REPRESENTATIVO SE BASA SOBRE UNA FICCIÓN
La discrepancia básica. La falsedad del sistema
representativo descansa sobre la ficción de que el poder ejecutivo y la
cámara legislativa surgidos de elecciones populares deben representar la
voluntad del pueblo, o al menos de que pueden hacerlo. El pueblo quiere
instintiva y necesariamente dos cosas: la mayor prosperidad material
posible dadas las circunstancias, y la mayor libertad para sus vidas,
libertad de movimiento y libertad de acción. Es decir, quiere una
organización mejor de sus intereses económicos y la ausencia completa de
todo poder, de toda organización política, pues toda organización
política desemboca inevitablemente en la negación de la libertad del
pueblo. Tal es la esencia de todos los instintos populares.
¿Cómo puede el pueblo —aplastado por su trabajo e ignorando la mayoría
de las cuestiones en curso— controlar los actos políticos de sus
representantes?
¿No es evidente que el control ejercido en apariencia por los electores
sobre sus representantes es, en realidad, una pura ficción? Puesto que
el control popular en el sistema representativo constituye la única
garantía de libertad popular, es obvio que esta libertad misma no es
sino pura ficción.
Abismo entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.
Pero las finalidades instintivas de quienes gobiernan —de quienes
elaboran las leyes del país y ejercitan el poder ejecutivo— se oponen
diametralmente a las aspiraciones populares instintivas debido a la
posición excepcional de los gobernantes. Sean cuales fueren sus
sentimientos e intenciones democráticas, sólo pueden considerar esta
sociedad como un maestro de escuela considera a sus alumnos, dada la
elevada posición en la cual se encuentran. Y no puede haber igualdad
entre el maestro de escuela y los alumnos. Por una parte está el
sentimiento de superioridad inspirado necesariamente por una posición
superior; por otra está el sentimiento de inferioridad inducido por la
actitud de superioridad del profesor que ejerce el poder ejecutivo o
legislativo. Quien dice poder político dice siempre dominación. Y donde
existe la dominación, una parte más o menos considerable del pueblo está
condenada a ser dominada por otros. Por lo mismo, es bastante natural
que quienes estén dominados detesten a los dominadores, y que los
dominadores deban reprimir y en consecuencia oprimir necesariamente a
quienes les están sometidos.
La posesión del poder induce a un cambio de perspectiva.
Tal ha sido la eterna historia del poder político desde el momento
mismo de establecerse en este mundo. Esto explica también por qué y cómo
hombres demócratas y rebeldes de la variedad más roja mientras formaban
parte de la masa del pueblo gobernado, se hicieron extremadamente
conservadores cuando llegaron al poder. Por lo general, estos retrocesos
suelen atribuirse a la traición. Pero es una idea errónea; en su caso,
la causa dominante es el cambio de posición y perspectiva.
Puesto que el Estado político no tiene otra misión que la de proteger la
explotación del trabajo popular por parte de las clases económicamente
privilegiadas, el poder de los Estados sólo puede ser compatible con la
libertad exclusiva de las clases a las que representa, y por esta misma
razón está destinado a oponerse a la libertad del pueblo. Quien dice
Estado dice dominación, y toda dominación supone la existencia de masas
dominadas. Por consiguiente, el Estado no puede tener confianza en la
acción espontánea y en el movimiento libre de las masas, cuyos intereses
más queridos militan contra su existencia. Es su enemigo natural, su
invariable opresor, y aunque tiene buen cuidado de no confesarlo
abiertamente, tiende a actuar siempre en esta dirección.
Desde el punto de vista radical, hay poca diferencia entre la monarquía y la democracia.
Ignoran que el despotismo no reside tanto en la forma del Estado o del
poder como en el principio mismo del Estado y del poder político;
ignoran que, en consecuencia, el Estado republicano tiende por su misma
esencia a ser tan despótico como el Estado gobernado por un emperador o
un rey. Sólo hay una diferencia real entre ambos. Uno y otro tienen por
base y meta esencial la esclavización económica de las masas para
beneficio de las clases poseedoras. Difieren, en cambio, en que para
conseguir esta meta el poder monárquico —que en nuestros días tiende
inevitablemente a transformarse en una dictadura militar— priva de
libertad a todas las clases, e incluso a aquélla a la que protege en
detrimento del pueblo... Se ve forzado a servir los intereses de la
burguesía, pero lo hace sin permitir a esa clase interferir de modo
serio en el gobierno de los problemas del país...
Por sí misma, la república no presenta solución para los problemas sociales.
Es evidente que la democracia sin libertad no puede servirnos como
bandera. Pero ¿qué es esta democracia basada sobre la libertad más que
una república? La unión de la libertad con el privilegio crea un régimen
de monarquía constitucional, pero su unión con la democracia sólo puede
realizarse en una república... Todos somos republicanos en el sentido
de que, llevados por las consecuencias de una lógica inexorable,
advertidos de antemano por las ásperas pero, al mismo tiempo, saludables
lecciones de la historia, por todas las experiencias del pasado y,
sobre todo, por los acontecimientos que han proyectado sus tinieblas
sobre Europa desde 1848, como también por los peligros que nos amenazan
hoy, hemos llegado todos igualmente a esta convicción: que las
instituciones monárquicas son incompatibles con el reino de la paz, la
justicia y la libertad.
Detestamos la monarquía con todo nuestro corazón; nada mejor podemos
pedir que su derrocamiento en toda Europa y en todo el mundo, pues
estamos convencidos, como vosotros, de que su abolición es la condición
indispensable para la emancipación de la humanidad. Desde este punto de
vista somos francamente republicanos. Pero para emancipar al pueblo y
darle justicia y paz, no creemos que sea suficiente derrocar a la
monarquía. Estamos firmemente convencidos de lo contrario, es decir, de
que una gran república militar, burocrática y políticamente centralizada
puede convertirse, y necesariamente se convertirá, en un poder
conquistador respecto de otros poderes y opresivo para con su propia
población, y de que se demostrará incapaz de asegurar a sus súbditos
—aunque se llamen ciudadanos— el bienestar y la libertad. ¿No hemos
visto a la gran nación francesa constituirse por dos veces como
república democrática, y perder por dos veces la libertad, viéndose
arrastrada a guerras de conquista?
La justicia social es incompatible con la existencia del Estado.
El Estado implica violencia, opresión, explotación e injusticia
erigidas en sistema y transformadas en fundamento de la sociedad. El
Estado nunca tuvo y nunca tendrá moralidad alguna. Su moralidad y su
única justicia es el supremo interés de la auto-preservación y el poder
omnímodo, interés ante el cual toda la humanidad debe arrodillarse en
adoración. El Estado es la completa negación de la humanidad, una
negación doble: lo contrario de la libertad y la justicia humana, y una
brecha violenta en la solidaridad universal de la raza humana.
Por democrático que pueda ser en su forma, ningún Estado —ni siquiera la
república política más roja, que es una república popular en el mismo
sentido que la falsedad definida como representación popular— puede
proporcionar al pueblo lo que necesita, es decir, la libre organización
de sus propios intereses de abajo arriba, sin interferencia, tutela o
violencia de los estratos superiores. Porque todo Estado, hasta el más
republicano y democrático —incluyendo el Estado supuestamente popular
concebido por el señor Marx— es esencialmente una máquina para gobernar a
las masas desde arriba, a través de una minoría inteligente y por tanto
privilegiada, que supuestamente conoce los verdaderos intereses del
pueblo mejor que el propio pueblo.
De este modo, incapaces de satisfacer las exigencias del pueblo o de
suprimir la pasión popular, las clases poseedoras y gobernantes sólo
tienen un medio a su disposición: la violencia estatal, en una palabra,
el Estado, porque el Estado implica violencia, un gobierno basado sobre
una violencia disfrazada o, en caso necesario, abierta y sin ceremonias.
El Estado, cualquier Estado —aunque esté vestido del modo más liberal y
democrático— se basa forzosamente sobre la dominación y la violencia, es
decir, sobre un despotismo que no por ser oculto resulta menos
peligroso.
El Estado mundial, tantas veces intentado, siempre ha acabado siendo un
fracaso. Por consiguiente, mientras un Estado exista habrá otros varios,
y puesto que cada uno tiene como única meta y ley suprema su
preservación en detrimento de los demás, se deduce de ello que la
existencia misma del Estado implica una guerra perpetua, la negación
violenta de la humanidad. Todo Estado debe conquistar o ser conquistado.
Todo Estado basa su poder sobre la debilidad de otros poderes, y —si
puede hacerlo sin minar su propia posición.... sobre su destrucción.
Desde nuestro punto de vista sería una terrible contradicción y una
ridícula ingenuidad declarar el deseo de establecer una justicia
internacional, una libertad y una paz perpetuas, y al mismo tiempo
querer mantener el Estado. Es imposible hacer que el Estado cambie de
naturaleza, porque es Estado únicamente gracias a ella, y abandonándola
dejaría de ser un Estado. Por consiguiente, no puede ni podrá haber un
Estado bueno, justo y moral.
Todos los Estados son malos en el sentido de que por su naturaleza, es
decir, por las condiciones y objetivos de su existencia, representan lo
opuesto a la justicia, la libertad y la igualdad humana. En este sentido
no hay mucha diferencia, aunque se diga lo contrario, entre el bárbaro
imperio ruso y los Estados más civilizados de Europa. La diferencia
consiste en que el imperio del zar hace abiertamente lo que los demás
hacen de modo subrepticio e hipócrita. Y la actitud franca, despótica y
despreciativa del imperio del zar hacia todo lo humano constituye el
ideal profundamente escondido hacia el que tienden, y al que admiran
profundamente, todos los estadistas europeos. Todos los Estados europeos
hacen las mismas cosas que Rusia. Un Estado virtuoso sólo puede ser un
Estado impotente, e incluso ese tipo de Estado es criminal en sus
pensamientos y aspiraciones.
Es necesaria la creación de una federación universal de productores sobre las ruinas del Estado.
Llego así a la conclusión: quien quiera unirse a nosotros en el
establecimiento de la libertad, la justicia y la paz, quien desee el
triunfo de la libertad, la plena y completa emancipación de las masas
populares, debe tender también a la destrucción de todos los Estados y
al establecimiento, sobre sus ruinas, de una Federación Universal de
Asociaciones Libres de todos los países del mundo.
Una organización federal establecida de abajo a arriba y formada por
asociaciones y grupos de trabajadores, por comunas urbanas y rurales, y
por regiones y pueblos, es la única condición de una libertad real y no
ficticia, aunque representa justamente lo contrario de la producción
capitalista y de todo tipo de autonomía económica. Pero la producción
capitalista y la especulación bancaria se llevan muy bien con la llamada
democracia representativa; porque esta forma moderna del Estado, basada
sobre una supuesta voluntad legislativa del pueblo, supuestamente
expresada por los representantes populares en asambleas supuestamente
populares, unifica en sí las dos condiciones necesarias para la
prosperidad de la economía capitalista: centralización estatal y
sometimiento efectivo del Soberano —el pueblo— a la minoría que
teóricamente le representa, pero que prácticamente le gobierna en lo
intelectual e invariablemente le explota.
Resumen elaborado a partir del Capitulo "Critica de la Sociedad
existente" del compilado de Maximoff de Escritos de Mijaíl Bakunin http://www.theyliewedie.org/ressources/biblio/es/Bakunin_Mijail_-_Escritos_de_Filosofia_Politica_I.html
Fuente: http://noticiasyanarquia.blogspot.com.es/