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Este texto del autor ruso viene a ser un complemento de
“Programa de la Sociedad de la Revolución Internacional” del mismo año.
Se puede ver que Bakunin propone la forma federativa de comunas, tres
años antes de la Comuna de París.
1.
Los principios de esta organización son los mismos que los del programa
de la alianza internacional de la democracia socialista. Están
expuestos de modo aún más explícito, en relación con las cuestiones de
la mujer, de la familia religiosa y jurídica y del Estado, en el
programa de la
democracia socialista rusa.
El Buró central prevé por lo demás entregar pronto un desarrollo teórico y práctico más completo.
2. La asociación de los Hermanos Internacionales quiere la revolución
universal, social, filosófica, económica y política a la vez, para que
del orden actual de las cosas, basado en la propiedad, la explotación,
la dominación y el principio de la autoridad -ya sea religiosa, ya sea
metafísica y de modo burgués doctrinaria, hasta jacobinamente
revolucionaria-, no quede en toda Europa primero, y luego en el resto
del mundo, ni una piedra sobre otra, al grito de paz a los trabajadores,
libertad a todos los oprimidos, y muerte a los dominadores,
explotadores, y a los tutores de todo tipo. Queremos destruir todos los
Estados y todas las iglesias, con todas sus instituciones y leyes
religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales,
universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de
pobres seres humanos, engañados, avasallados, angustiados, explotados,
ya libertados de todos sus directores y bienhechores oficiales y
oficiosos, asociaciones e individuos respiren al fin con una completa
libertad.
3. Convencidos de que el mal individual y social radica mucho menos
en los individuos que en la organización de las cosas y en las
posiciones sociales, seremos humanos, tanto por sentimiento de justicia
como por cálculo de utilidad, y destruiremos sin piedad las posiciones y
las cosas para poder, sin peligro alguno para la Revolución, perdonar a
los hombres. Negamos el
libre albedrío y el supuesto
derecho de la sociedad a castigar (1). La misma justicia, tomada en el
sentido más humano, más amplio, es únicamente, por así decirlo, negativa
y de transición. Ella señala la única vía posible de la emancipación
humana, o sea la humanización de la sociedad por la libertad en la
igualdad. La solución positiva sólo podrá ser dada por la organización
cada vez más racional de la sociedad. Esta solución tan deseada, el
ideal nuestro, es la libertad, la moralidad, la inteligencia y el
bienestar de cada uno por la solidaridad de todos: la humana
fraternidad.
Todo individuo humano es el producto involuntario de un medio natural
y social en cuyo seno nació, se desenvolvió y del que sigue recibiendo
la influencia. Las tres grandes causas de toda inmoralidad humana son:
la desigualdad tanto en el ámbito político como económico y social; la
ignorancia que es el resultado natural, y su consecuencia necesaria:
la esclavitud(2).
Siendo siempre y por doquier la organización de la sociedad la única
causa de los crímenes cometidos por los hombres, es una hipocresía o un
absurdo evidente de parte de la sociedad castigar a los criminales,
puesto que cada castigo supone la culpabilidad y los criminales nunca
son culpables. La teoría de la culpabilidad y del castigo provienen de
la teología, es decir del casamiento del absurdo con la hipocresía
religiosa.
El único derecho que se puede reconocer a la sociedad en su estado
actual de transición, es el derecho natural de asesinar a los criminales
producidos por ella misma por su propia defensa; y no el de juzgarles y
condenarles. Ese derecho ni siquiera lo es un en la estricta acepción
de esa palabra; será antes un hecho natural, entristecedor pero
inevitable, firmado y producido por la impotencia y la estupidez de la
sociedad actual; y cuanto más sepa la sociedad evitar el uso de tal
derecho, más cerca estará de su emancipación real. Todos los
revolucionarios, los oprimidos, las sufridas víctimas de la organización
actual de la sociedad, cuyos corazones están por supuesto llenos de
venganza y odio, deben acordarse de que los reyes, los opresores, los
explotadores de todo tipo son tan culpables como los criminales
procedentes de la masa popular: son delincuentes pero no culpables, dado
que son también como los criminales ordinarios, productos involuntarios
de la organización actual de la sociedad. No habrá que extrañarse si
desde el primer momento el pueblo insurrecto mate a muchos de ellos.
Será una desgracia inevitable quizás, tan fútil como los estragos
causados por una tempestad.
Pero ese hecho natural no será ni moral, ni siquiera útil. Al
respecto, la historia está llena de enseñanzas: la terrible guillotina
de 1793 que no se puede acusar ni de que fue perezosa ni lenta, no logró
destruir a la clase nobiliaria en Francia. La aristocracia no fue
completamente destruida, pero sí profundamente sacudida, no por la
guillotina, sino por la confiscación y la venta de sus bienes. Y en
general se puede decir que las matanzas políticas nunca mataron los
partidos; resultaron sin efecto contra las clases privilegiadas, por
radicar el poder mucho menos en los hombres que en las posiciones dadas a
los hombres privilegiados por la organización de las cosas, o sea la
institución del Estado, y su consecuencia tanto como su base natural, la
propiedad individual.
Para hacer una revolución radical, hay que atacarse por lo tanto a
las posiciones y a los cosas, destruir la propiedad y el Estado. Y
entonces no se necesitará destruir a los hombres, y condenarse a la
reacción infalible e inevitable que nunca dejó y no dejará nunca de
producir en cada sociedad: la masacre de los hombres.
Pero para tener el derecho de ser humano para con los hombres, sin
peligro para la revolución, habrá que ser despiadado con las posiciones y
las cosas; habrá que destruirlo todo, sobre todo y ante todo la
propiedad y su inevitable corolario, el Estado. Este es todo el secreto
de la revolución.
No hay que asombrarse si los jacobinos y los blanquistas que se
convirtieron en socialistas antes por necesidad que por convicción, y
para quienes el socialismo es un medio, no el objetivo de la Revolución,
puesto que quieren la dictadura, o sea la centralización del Estado y
que el Estado les llevará por una necesidad lógica e inevitable a la
reconstitución de la propiedad ; es muy natural, decimos, que por no
querer hacer una revolución radical contra las cosas, sueñen con una
revolución sanguinaria contra los hombres. Pero esta revolución
sanguinaria basada en la construcción de un Estado revolucionario
poderosamente centralizado tendría como resultado inevitable, como lo
probaremos más tarde, la dictadura militar para un nuevo amo. Por
consiguiente el triunfo de los jacobinos o de los blanquistas sería la
muerte de la Revolución.
4. Somos los enemigos naturales de esos revolucionarios, futuros
dictadores, reglamentadores y tutores de la revolución, que, incluso
antes de que estén destruidos los Estados monárquicos, aristocráticos, y
burgueses actuales, ya tienen el sueño de la creación de Estados
revolucionarias nuevos, tan centralizadores y más despóticos que los
Estados que existen hoy día. Dichos revolucionarios tienen una tan gran
costumbre del orden creado por alguna autoridad desde arriba y tan gran
horror a lo que les parece los desórdenes, que no son sino la franca y
natural expresión de la vida popular, que aún antes de que se haya
producido por la revolución un buen y saludable desorden, ya están
soñando con el fin y el amordazamiento con la acción de alguna autoridad
que de revolución sólo tendrá el nombre, pero que en efecto no será
nada más que una nueva reacción dado que será ya una nueva condena de
las masas populares, gobernadas por decretos, al obedecimiento, a la
inmovilidad, a la muerte, o sea a la esclavitud y la explotación por una
nueva aristocracia casi revolucionaria.
5. Comprendemos la revolución en el sentido del desencadenamiento de
lo que se llama hoy en día las malas pasiones, y de la destrucción de lo
que con el mismo estilo se llama “el orden público”.
No tememos, sino que invocamos la anarquía, convencidos que de esta
anarquía, o sea la manifestación completa de la vida popular
desencadenada, debe salir la libertad, la igualdad, la justicia, el
orden nuevo, y la fuerza misma de la Revolución contra la Reacción. Esta
vida nueva – la revolución popular – no tardará sin duda alguna en
organizarse, pero creará su organización revolucionaria desde abajo
hacia arriba y desde la circunferencia hasta el centro, de acuerdo al
principio de la libertad, y no de arriba abajo, ni del centro a la
circunferencia según el modo de cualquier autoridad. Poco nos importa
que esta autoridad se llame Iglesia, Monarquía, Estado constitucional,
República burguesa, o incluso dictadura revolucionaria. Las detestamos y
rechazamos por igual, por ser fuentes infalibles de explotación y
despotismo.
6. La revolución tal como la entendemos deberá desde el primer día
destruir radical y completamente el Estado y todas las instituciones del
Estado. Las consecuencias naturales y necesarias de estas destrucciones
serán:
a) La bancarrota del Estado;
b) El cese del pago de las deudas privadas por la intervención del
Estado, dejando a cada deudor el derecho de pagar las suyas, si lo
desea;
c) El cese de los pagos de todo tipo de impuestos y de la deducción
de todas las contribuciones, ya sea directa, ya sea indirectas;
d) La disolución del ejército, de la magistratura, de la burocracia, de la policía y de las cárceles;
e) La abolición de la justicia oficial, la suspensión de cuanto
jurídicamente se denominaba derecho, y del ejercicio de esos derechos.
Por tanto, abolición y quema de todos los títulos de propiedad, actos de
herencia, venta, donación, todos los procesos, en una palabra, de todo
el papeleo jurídico y civil. Por todas partes y en todo, el hecho
revolucionario en lugar del derecho creado y garantizado por el Estado;
f) La confiscación de todos los capitales productivos e instrumento
de trabajo a favor de las asociaciones de trabajadores, que deberán
hacerlas producir colectivamente;
g) La confiscación de todas las propiedades de la Iglesia y del
Estado así como los metales preciosos de los individuos para la alianza
federativa de todas las asociaciones operarias, Alianza que constituirá
la Comuna.
En compensación por los bienes confiscado la Comuna dará lo estricto
necesario a todos los individuos así despojados, que podrán más tarde
por su propio trabajo ganar más si lo pueden y si lo quieren;
h) Para la organización de la Comuna, la Federación de las barricadas
en permanencia y la función de un Consejo de la Comuna revolucionaria
por la delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por
calle o por barrio, diputados investidos de mandatos imperativos,
siempre responsables y siempre revocables. Así organizado el Consejo
Comunal, podrá elegir en su seno comités ejecutivos, separados para cada
rama de la administración revolucionaria de la Comuna.
i) Declaración de la capital insurrecta y organizada en Comuna que
tras haber destruido al Estado autoritario y tutelar, lo que tenía el
derecho de hacer por ser su esclavo, como todas las otras localidades,
renuncia a su derecho, o antes a cualquier pretensión de gobernar, de
imponerse a las provincias.
k) Llamamiento a todas las provincias, comunas, y asociaciones, dejándolas a todas seguir el ejemplo dado por la capital de
reorganizarse revolucionariamente
primero, y delegar luego, en un punto de reunión convenido, a sus
diputados, todos también, investidos de mandatos imperativos,
responsables y revocables, para constituir la Federación de las
asociaciones, comunas, y provincias insurrecta en nombre de los mismos
principios, y para organizar una fuerza revolucionaria capaz de triunfar
de la reacción. Envío no de mandatarios revolucionarios oficiales con
todo tipo de medallas, sino propagadores revolucionarios a todas las
provincias y comunas, sobre todo entre los campesinos que no podrán ser
revolucionado ni por los principios, ni por los decretos de alguna
dictadura, sino únicamente por el mismo hecho revolucionario, o sea las
consecuencias que producirá infaliblemente en todas las comunas el cese
total de la vida jurídica, oficial del Estado. Abolición del Estado
nacional otra vez en el sentido de que todo país extranjero, provincia,
comuna, asociación o incluso individuo aislado, que se hayan levantado
en nombre de los mismos principios, serán recibidos en la federación
revolucionaria sin preocupación por las fronteras actuales de los
Estados y aunque pertenezcan a sistemas políticos o nacionales
diferentes, y las propias provincias, comunas, asociaciones, individuos
que tomen el partido de la Reacción estarán excluidos. Es por tanto por
el mismo hecho de la propagación y organización de la revolución para la
defensa mutua de los países insurrectos cómo triunfará la universalidad
de la revolución fundada en la abolición de las fronteras y en la ruina
de los Estados.
7. No puede haber ya revolución ni política, ni nacional triunfante a
menos que la revolución política se transforme en revolución social, y
la revolución nacional, precisamente por su carácter radicalmente
socialista y destructivo del Estado, se convierta en la revolución
universal.
8. Dado que la revolución la deberá hacer por todas partes el pueblo,
y puesto que la suprema dirección tiene que quedar siempre en el pueblo
organizado en federación libre de asociaciones agrícolas e
industriales, el Estado revolucionario y nuevo, organizándose de abajo
arriba por la vía de la delegación revolucionaria y abarcando a todos
los países insurrectos en nombre de los mismos principios sin
preocupación por las viejas fronteras y las diferencias de
nacionalidades, tendrá por objeto la administración de los servicios
públicos y no el gobierno de los pueblos. Constituirá la nueva patria,
la alianza de la Revolución Universal contra la alianza de todas les
reacciones.
9. Esta organización excluye cualquier idea de dictadura y poder
dirigente tutelar. Pero para la misma realización de esta alianza
revolucionaria y para el triunfo de la revolución contra la reacción, es
necesario que en medio de la anarquía popular que constituirá la vida
misma y toda la energía de la revolución, la
unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria halle
un órgano. Ese órgano debe ser
la asociación secreta y universal de los Hermanos Internacionales.
10. Esta asociación parte de la convicción que las revoluciones nunca
las hacen ni los individuos, ni siquiera las sociedades secretas. Se
producen por sí misma, por la fuerza de las cosas, por el movimiento de
los eventos y hechos. Se van preparando durante mucho tiempo en la
profundidad de la consciencia instintiva de las masas populares, luego
estallan, suscitadas en apariencia a menudo por causas fútiles. Todo lo
que puede hacer una sociedad secreta bien organizada, es primero
facilitar el nacimiento de una revolución propagando entre las masas
ideas que correspondan a los instintos de las masas y organizar, no el
ejército de la revolución, -el ejército siempre debe ser el pueblo- sino
una suerte de plana mayor revolucionaria compuesta de individuos
entregados, enérgicos, inteligentes, y sobre todo amigos sinceros, ni
ambiciosos ni vanidosos, del pueblo, capaces de servir de intermediarios
entre la idea revolucionaria y los instintos populares.
11. El número de esos individuos no debe pues ser inmenso. Para la
organización internacional en toda Europa, bastan con cien
revolucionarios fuertemente y seriamente aliados. Dos, tres centenas de
revolucionarios bastarán para la organización del país más grande.
Mijail Bakunin, 1868.
__________________________
(Otoño de 1868, original en francés, CD-R Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, traducción de Frank Mintz)
Notas del traductor (= NDT)
1) En el
Programa de la Sociedad de la Revolución Internacional de 1868, se lee “
II. Negación del libre albedrío y del derecho de la sociedad a castigar.” NDT.
2) En el
Programa de la Sociedad de la Revolución Internacional de 1868, se lee:
“
las cuatro grandes causas de toda inmoralidad humana son: 1) la
ausencia de higiene y educación racionales; 2) la desigualdad de
condiciones económicas y sociales; 3) la ignorancia de las masas, que
resultan naturalmente de ello, y 4) su necesaria consecuencia, la
esclavitud. La educación, la instrucción y la organización de la
sociedad de acuerdo a la libertad y la justicia deben sustituirse al
castigo.”
Se observa que Bakunin se dejó en el tintero el primer punto que pocas veces impidió las insurrecciones populares. NDT.
http://grupoanarquistahc.wordpress.com/2014/04/03/bakunin-1814-2014-programa-de-la-organizacion-revolucionaria-de-los-hermanos-internacionales/
http://www.taringa.net/posts/ciencia-educacion/17645039/Vivir-en-anarquia-total-anarquia-es-el-orden-A.html