I
Hace algunos años, poco después de la muerte de Federico Engels, el
señor Eduardo Bernstein, uno de los miembros más conspicuos de la
comunidad marxista, asombró a sus compañeros con unos descubrimientos
notables. Bernstein manifestó públicamente sus dudas con respecto a la
exactitud de la interpretación materialista de la historia, de la teoría
marxista de la plus-valía y de la concentración del capital; hasta
atacó el método dialéctico, llegando a la conclusión de que no era
posible hablar de un socialismo científico; a lo sumo cabía admitir un
socialismo crítico. Hombre prudente, Bernstein reservó para sí sus
descubrimientos hasta tanto muriera el viejo Engels, y sólo entonces los
hizo públicos ante el espanto consiguiente de los sacerdotes marxistas.
Pero ni siquiera esa prudencia pudo salvarlo, pues se le atacó por
todos lados. Kautsky escribió un libro contra el hereje y el pobre
Eduardo se vio obligado a declarar en el congreso de Hannover que era un
débil pecador mortal y que se sometía a la decisión de la mayoría
científica.
Con todo, Bernstein no había revelado nada nuevo. Las razones que
oponía contra los fundamentos de la doctrina marxista ya existían
cuando él todavía seguía siendo apóstol fiel de la iglesia marxista.
Esos argumentos habían sido entresacados de la literatura anarquista y
lo único importante era el hecho de que uno de los social-demócratas más
conocidos se valiera de ellos por primera vez. Ninguna persona sensata
negará que la crítica de Bernstein haya dejado de producir una impresión
inolvidable en el campo marxista; Bernstein había tocado los cimientos
más importantes de la economía metafísica de Carlos Marx y no es extraño
que los respetables representantes del marxismo ortodoxo se hayan
alborotado.
No hubiera sido tan grave todo eso si no mediara otro
inconveniente pero que el exterior. Desde hace más de medio siglo los
marxistas no cesan de predicar que Marx y Engels fueron los
descubridores del llamado socialismo científico; se inventó una
distinción artificial entre los socialistas titulados utópicos y el
socialismo científico de los marxistas, diferencia que existe tan sólo
en la imaginación de estos últimos. En los países germánicos la
literatura socialista ha sido monopolizada por las teorías marxistas y
todo social-demócrata las considera como productos puros y absolutamente
originales de los descubrimientos científicos de Marx y Engels.
Pero también este ensueño se ha desvanecido; las investigaciones
históricas modernas han establecido, de una manera incontrovertible, que
el socialismo científico no es más que una consecuencia de los antiguos
socialistas ingleses y franceses y que Marx y Engels han conocido
perfectamente el arte de revestirse con plumas ajenas. Después de las
revoluciones de 1848, se inició en Europa una reacción terrible; la
Santa Alianza volvió a tender sus redes en todos los países con el
propósito de ahogar el pensamiento socialista, que tan riquísima
literatura produjera en Francia, Bélgica, Inglaterra, Alemania, España e
Italia. Dicha literatura fue casi totalmente relegada al olvido durante
esa época de oscurantismo que comenzó después de 1848. Muchas de las
obras más importantes fueron destruidas hasta reducirse su número a
pocos ejemplares que hallaron albergue en algún sitio tranquilo de
ciertas grandes bibliotecas públicas o de algunas personas privadas.
Sólo en el espacio de los últimos veinticinco o treinta años esa
literatura ha sido nuevamente descubierta y hoy causan admiración las
ideas fecundas que se encuentran en los viejos escritos de las escuelas
posteriores a Fourier y Saint-Simon, en las obras de Considerant,
Desami, Mey y muchos otros. Y en esa literatura se ha hallado asimismo
el origen del llamado socialismo científico. Nuestro viejo amigo W.
Tcherkesoff fue el primero en ofrecer un conjunto sistemáticos de todos
esos hechos; demostró que Marx y Engels no son los inventores de esas
teorías que durante tanto tiempo han sido consideradas como su
patrimonio intelectual; hasta llegó a probar que algunos de los más
famosos trabajos marxistas, como por ejemplo el Manifiesto Comunista, no
son en realidad otra cosa que traducciones libres del francés, hechas
por Marx y Engels. Y Tcherkesoff ha obtenido el triunfo de que sus
afirmaciones con respecto al Manifiesto Comunista fueran reconocidas por
el «Avanti», el órgano central de la social-democracia italiana,
después de haber tenido el autor la oportunidad de comparar el
Manifiesto Comunista con el Manifiesto de la Democracia de Víctor
Considerant, que apareció cinco años antes que el opúsculo de Marx y
Engels.
El Manifiesto Comunista es considerado como una de las primeras
obras del socialismo científico, y el contenido de ese trabajo ha sido
sacado de los escritos de un «utopista», pues el marxismo incluye a
Fourier entre los socialistas utópicos. Es esta una de las ironías más
crueles que imaginar se pueda y no constituye, seguramente, una
recomendación favorable para el valor, científico del marxismo. Víctor
Considerant fue uno de los primeros escritores socialistas que Marx
conoció; ya lo menciona en la época en que todavía no era socialista. En
1842, la «Allgemeine Zeitung» atacó a la «Rheinische Zeitung», de la
que era redactor en jefe Marx, reprochándole que simpatizaba con el
comunismo. Marx contestó entonces con un editorial en que declaraba lo
siguiente:
«Obras como las de Leroux, Considerant y especialmente el libro
perspicaz de Proudhon no pueden ser criticadas con algunas observaciones
superficiales y es preciso estudiarlas detenidamente antes de entrar a
criticarlas».
El socialismo francés ha ejercido la mayor influencia sobre el
desarrollo intelectual de Marx, pero de todos los escritores socialistas
de Francia es P. J. Proudhon quien más poderosamente influyó en su
espíritu. Hasta es evidente que el libro de Proudhon ¿Qué es la
propiedad? indujo a Marx a abrazar el socialismo. Las observaciones
críticas de Proudhon sobre la economía nacional y las diversas
tendencias socialistas descorrieron ante Marx un mundo nuevo y fue
principalmente la teoría de la plus-valía, tal como ha sido desarrollada
por el genial socialista francés, lo que mayor impresión causó en la
mente de Marx. El origen de la doctrina del plus-valor, ese grandioso
«descubrimiento científico» de que tanto se enorgullecen nuestros
marxistas, lo hallamos en los escritos de Proudhon. Gracias a éste Marx
llegó a conocer esa teoría, que modificó más tarde mediante el estudio
de los socialistas ingleses Bray y Thompson.
Marx hasta reconoció públicamente la gran significación
científica de Proudhon y en un libro especial, hoy completamente
desaparecido de la venta, llama a la obra de aquel ¿Qué es la propiedad?
«el primer manifiesto científico del proletariado francés». Esa obra no
volvió a ser editada por los marxistas, no ha sido traducida a otro
idioma, a pesar de que los representantes oficiales del marxismo han
hecho los mayores esfuerzos para difundir en todas las lenguas los
escritos de su maestro. Ese libro ha sido olvidado, se sabe por qué: su
reimpresión descubriría al mundo el colosal contrasentido y la
insignificancia de todo lo escrito por Marx más tarde acerca del
eminente teórico del anarquismo.
Marx no solamente había sido influenciado por las ideas
económicas de Proudhon, sino que también se sintió influido por las
teorías anárquicas del gran socialista francés y en uno de sus trabajos
de aquel período combate al Estado en la misma forma que lo hiciera
Proudhon.
II
Todos aquellos que hayan estudiado atentamente la evolución
socialista de Marx deberán reconocer que la obra de Proudhon ¿Qué es la
propiedad? fue la que lo convirtió al socialismo. Los que no conocen de
cerca los detalles de esa evolución y aquellos que no han tenido
oportunidad de leer los primeros trabajos socialistas de Marx y Engels
juzgarán extraña e inverosímil esta afirmación. Porque en sus trabajos
posteriores Marx habla de Proudhon con burla y desprecio, y son
precisamente estos escritos los que la Social-democracia ha vuelto a
publicar y reimprimir constantemente.
De este modo tomó cuerpo poco a poco la opinión de que Marx fue
desde un principio el adversario teórico de Proudhon y que jamás ha
existido entre ambos punto de contacto alguno. Y verdaderamente, cuando
se lee lo que el primero de ellos ha escrito respecto del segundo en su
conocido libro Miseria de la Filosofía, en el Manifiesto Comunista y en
la necrología que publicó en el «Sozialdemokrat» de Berlín poco después
de la muerte de Proudhon, no es posible tener otra opinión.
En Miseria de la Filosofía ataca a Proudhon de la peor manera,
valiéndose de todos los recursos para demostrar que las ideas de aquél
carecen de valor y que no tiene ninguna importancia ni como socialista
ni como crítico de la economía política.
«El señor Proudhon ─dice─ tiene la desgracia de ser comprendido de un
modo extraño: en Francia tiene el derecho de ser un mal economista,
porque allí se le considera buen filósofo alemán; en Alemania puede ser
un mal filósofo, puesto que se le considera allí el mejor economista
francés. En mi calidad de alemán y de economista me veo obligado a
protestar contra este doble error».
Y Marx va más lejos aún: acusa a Proudhon, sin ofrecer ninguna
prueba, de haber plagiado sus ideas del economista inglés Bray. Escribe:
«Creemos haber hallado en el libro de Bray la llave de todos los trabajos pasados, presentes y futuros del señor Proudhon».
Es interesante observar cómo Marx, que tantas veces utilizaba ideas
ajenas y cuyo Manifiesto Comunista no es en realidad sino una copia del
Manifiesto de la Democracia de Víctor Considerant, denuncia a otros como
plagiarios.
Pero prosigamos. En el Manifiesto Comunista Marx presenta a
Proudhon como representante burgués y conservador. Y en la necrología
que escribió en el «Sozialdemokrat» (1865) leemos las siguientes
palabras:
«En una historia rigurosamente científica de la economía política ese
libro (se refiere a ¿Qué es la propiedad?) apenas merecería ser
mencionado. Porque semejantes obras sensacionales desempeñan en las
ciencias exactamente el mismo papel que en la literatura novelesca».
Y en ese mismo artículo necrológico reitera Marx su afirmación de que
Proudhon carece de todo valor como socialista y como economista,
opinión que ya emitiera en Miseria de la Filosofía.
Fácil es comprender que semejantes asertos, que Marx lanzaba
contra Proudhon, tenían que divulgar la creencia, mejor dicho la
convicción, que entre él y el gran escritor francés no ha existido nunca
el menor parentesco. En Alemania Proudhon es casi totalmente
desconocido. Las ediciones germanas de sus obras, hechas alrededor del
año 1840, están agotadas. El único libro suyo que volvió a ser publicado
en alemán es ¿Qué es la propiedad? y aun esta edición se ha difundido
en un círculo restringido. Esta circunstancia explica el hecho de que
Marx haya logrado borrar los rastros de su primera evolución como
socialista. Que su concepto de Proudhon era bien distinto al principio
hemos tenido ya oportunidad de verlo más arriba y las conclusiones que
siguen corroborarán nuestra aseveración.
Siendo redactor en jefe de la «Rheinische Zeitung», uno de los
periódicos principales de la democracia alemana, Marx llegó a conocer a
los escritores socialistas más importantes de Francia, aunque él mismo
no era todavía socialista. Ya hemos mencionado una cita suya en que
alude a Víctor Considerant, Pierre Leroux y Proudhon y no cabe duda que
Considerant y especialmente Proudhon han sido los maestros que lo
atrajeron al socialismo. ¿Qué es la propiedad? ha ejercido, sin duda
alguna, la mayor influencia en el desarrollo socialista de Marx; así, en
el periódico mencionado, llama al genial Proudhon «el más consecuente y
sagaz de los escritores socialistas». En 1843 la «Rheinische Zeitung»
fue suprimida por la censura prusiana; Marx partió para el extranjero y
durante ese período evolucionó hacia el socialismo. Dicha evolución se
nota muy bien en sus cartas al conocido escritor Arnoldo Ruge y mejor
aun en su obra La sagrada familia, o crítica de la crítica crítica, que
se publicó conjuntamente con Federico Engels. El libro apareció en 1845 y
tenía por objeto polemizar contra la nueva tendencia del pensador
alemán Bruno Bauer. Además de cuestiones filosóficas, esa obra se ocupa
también de economía política y de socialismo y son precisamente esas
partes las que nos interesan aquí.
De todos los trabajos que publicaron Marx y Engels es La sagrada
familia el único que no ha sido traducido a otros idiomas y del cual los
socialistas alemanes no hicieron otra edición. Es verdad que Franz
Mehring, heredero literario de Marx y Engels, ha publicado, por encargo
del Partido Socialista alemán, La sagrada familia junto con otros
escritos correspondientes al primer período de actuación socialista de
los autores, pero esto se hizo sesenta años después de haber salido la
primera edición y, por otra parte, la reedición estaba destinada a los
especialistas, pues su costo era excesivo para un trabajador. Fuera de
eso, Proudhon es tan escasamente conocido en Alemania que muy pocos
habrán sido los que se hayan dado cuenta de la honda discrepancia que
hay entre los primeros juicios que Marx emitió sobre él y los que
sostuvieron más tarde.
Y sin embargo este libro demuestra claramente el proceso
evolutivo del socialismo en Marx y el influjo poderoso que en él ha
ejercido Proudhon. Todo lo que los marxistas han atribuido después a su
maestro Marx lo reconocía, en La sagrada familia, como méritos de
Proudhon.
Veamos lo que dice a este respecto en pág. 36:
«Todo desarrollo de la economía nacional considera la propiedad
privada como hipótesis inevitable; esta hipótesis constituye para ella
un factor incontestable que ni siquiera trata de investigar y al cual
sólo se refiere accidentalmente, según la ingenua expresión de Say.
Proudhon se ha propuesto analizar de un modo crítico la base de la
economía nacional, la propiedad privada, y ha sido la suya la primera
investigación enérgica, considerable y científica al propio tiempo. En
eso consiste el notable progreso científico que ha realizado, progreso
que revolucionó la economía nacional, creando la posibilidad de hacer de
ella una verdadera ciencia. ¿Qué es la propiedad? de Proudhon tiene
para la economía la misma importancia que la obra de Say ¿Qué es el
tercer estado? ha tenido para la política moderna».
Es interesante comparar estas palabras de Marx con las que han
escrito después acerca del gran teórico anarquista. En La sagrada
familia dice que ¿Qué es la propiedad? ha sido el primer análisis
científico de la propiedad privada y que ha dado la posibilidad de hacer
de la economía nacional una verdadera ciencia; pero en su conocida
necrología, publicada en el «Sozialdemokrat», el mismo Marx asegura que
en una historia rigurosamente científica de la economía esa obra apenas
merece ser mencionada.
¿Dónde está la causa de semejante contradicción? Pregunta es ésta
que los representantes del llamado socialismo científico no han
aclarado aún. En realidad, no hay sino una respuesta: Marx quería
ocultar la fuente en que había bebido. Todos los que hayan estudiado la
cuestión y no se sientan arrastrados por el fanatismo partidista tendrán
que reconocer que esta explicación no es caprichosa.
Sigamos oyendo lo que manifiesta Marx sobre la importancia histórica de Proudhon. En la página 52 del mismo libro leemos:
«Proudhon no solamente escribe en favor de los proletarios, sino que
él es también un proletario, un obrero; su obra es un manifiesto
científico del proletariado francés».
Aquí, como se ve, Marx expresa en términos precisos que Proudhon es
un exponente del socialismo proletario y que su obra constituye un
manifiesto científico del proletariado francés. En cambio, en el
Manifiesto Comunista asegura que Proudhon encarna el socialismo burgués y
conservador. ¿Cabe mayor contradicción? ¿A quién hemos de creer, al
Marx de La sagrada familia o al autor del Manifiesto Comunista? ¿Y a qué
se debe esa divergencia? Es una pregunta que nos planteamos nuevamente
y, como es natural, la respuesta es también la misma: Marx quería
ocultar al mundo todo lo que debía a Proudhon y para ello cualquier
medio le era viable. No puede haber otra explicación para ese fenómeno;
los medios que Marx empleó más tarde en su lucha contra Bakunin
evidencian que no era muy delicado en la elección de ellos.
III
De cómo Marx había sido influido por las ideas de Proudhon y hasta
por sus ideas anarquistas, lo demuestran sus escritos políticos de aquel
período; por ejemplo el artículo que publicó en el «Vorwaerts» de
París.
El «Vorwaerts» era un periódico que aparecía en la capital
francesa durante 1844-1845, bajo la dirección de Enrique Bernstein. Su
tendencia era, al principio, liberal solamente. Pero más tarde, después
de la desaparición de los Anales Germano-Franceses, Bernstein trabó
relación con los antiguos colaboradores de esta última publicación,
quienes lo conquistaron para la causa socialista. Desde entonces el
«Vorwaerts» se convirtió en un órgano oficial del socialismo y numerosos
colaboradores de la extinguida publicación de A. Ruge, entre ellos
Bakunin, Marx, Engels, Enrique Heine, Georg Herwegh, etc., contribuyeron
a él con sus trabajos.
En el número 63 de ese periódico (7 de Agosto de 1844) Marx
publicó un trabajo de polémica, «Acotaciones críticas al artículo El rey
de Prusia y la reforma social». En él estudia la naturaleza del Estado y
demuestra la incapacidad absoluta de ese organismo para aminorar la
miseria social y para suprimir el pauperismo. Las ideas que el autor
desenvuelve en ese artículo son ideas puramente anarquistas y están en
perfecta concordancia con los conceptos que Proudhon, Bakunin y otros
teóricos del anarquismo han establecido a ese respecto. Por el siguiente
extracto del estudio de Marx podrán juzgar los lectores:
««El Estado es incapaz de suprimir la miseria social y anular el
pauperismo. Y aun cuando se preocupa de este problema, si es que se
decide a hacer algo, no dispone de otros recursos que la beneficencia
pública y las medidas de carácter administrativo y frecuentemente ni
siquiera eso».
«Ningún Estado puede proceder en otra forma: porque para suprimir
la miseria debería suprimirse a sí mismo, puesto que la causa del mal
reside en la esencia, en la naturaleza misma del Estado, y no en una
forma determinada de él como supone mucha gente radical y revolucionaria
que aspira a modificar esa forma por otra mejor».
«Es un gravísimo error creer que la miseria y los terribles males
del pauperismo pueden ser curados mediante una forma cualquiera del
Estado. Si el Estado reconoce la existencia de ciertos males sociales
trata de explicarlos, ya sea como leyes naturales contra las que nada
puede hacer el hombre, o bien como resultados de la vida privada, en la
cual no puede inmiscuirse, o, también, como defectos de la
administración pública. Por eso en Inglaterra la miseria es considerada
como consecuencia de una ley natural, según la cual los hombres aumentan
en proporción mayor a los medios de vida. Otros afirman que la mala
voluntad de los pobres es la causa de su pobreza; el rey de Prusia,
Federico Guillermo I, ve la causa de ello en los corazones poco
cristianos de los ricos; y la Convención, el parlamento revolucionario
francés, sostiene que los males sociales son la consecuencia del ánimo
contrarrevolucionario que demuestran los propietarios. Por consiguiente
en Inglaterra se castiga a los pobres, el rey de Prusia recuerda a los
ricos sus deberes cristianos y la Convención francesa corta las cabezas
de los propietarios».
«Además, todos los Estados buscan la causa de la miseria en los
defectos fortuitos o intencionales de la Administración y por lo tanto
creen posible reducir el mal mediante reformas administrativas. Pero el
Estado no posee el poder de salvar la contradicción existente entre la
buena voluntad de la administración y su capacidad real; porque si así
fuera, tendría que anularse a sí mismo ya que él se basa en esa
contradicción que reina entre la vida pública y la privada, entre los
intereses generales y los particulares. Por eso la Administración se
halla limitada por una función exclusivamente formal y negativa, pues
donde principia la vida civil termina el poder de la Administración. El
Estado no puede impedir jamás las consecuencias que se desarrollan
lógicamente a causa del carácter antisocial de la vida civil, de la
propiedad privada, del comercio, de la industria y del despojo mutuo de
los distintos grupos sociales. La bajeza y la esclavitud de la sociedad
burguesa constituyen el fundamento natural del Estado moderno. La
existencia del Estado y la de la esclavitud no pueden ser separadas. Del
mismo modo como el antiguo Estado y la esclavitud antigua
─contradicciones clásicas y francas─ están íntimamente vinculados entre
sí, así también el Estado moderno y el actual mundo de mercaderes
─contradicción cristiana e hipócrita─ están fuertemente aferrados uno al
otro».
Esta interpretación esencialmente anarquista de la naturaleza del
Estado, que parece tan extraña si se recuerdan las doctrinas posteriores
de Marx, es una prueba evidente del origen anárquico de su primera
evolución socialista. En el mencionado artículo se reflejan los
conceptos de la crítica del Estado hecha por Proudhon, crítica que tuvo
su primera expresión en su famoso libro ¿Qué es la propiedad? Esta obra
inmortal ha ejercido la influencia más decisiva en la evolución del
comunista alemán, a pesar de lo cual él se esforzó por todos los medios
─y no fueron éstos los más nobles─ en negar las primeras fases de su
actuación como socialista. Naturalmente, los marxistas apoyaron en esto a
su maestro y de esta manera se desarrolló poco a poco el falso concepto
histórico acerca del carácter de las primeras relaciones entre Marx y
Proudhon.
En Alemania principalmente, siendo este último casi desconocido,
pudieron circular las más extrañas afirmaciones en ese sentido. Pero
cuanto más se logra conocer las importantes obras de la vieja literatura
socialista, tanto más se nota todo lo que el llamado socialismo
científico debe a aquellos «utopistas» que durante largo tiempo fueron
olvidados a causa de la reclame gigantesca que la escuela marxista y de
otros factores que relegaron al olvido la literatura socialista del
primer período. Y uno de los maestros más importantes de Marx y el que
sentó las bases de toda su evolución posterior fue precisamente
Proudhon, el anarquista tan calumniado y mal comprendido por los
socialistas legalitarios.
IV
El 20 de Julio de 1870, Carlos Marx escribía a Federico Engels:
«Francia debe ser golpeada rudamente, pues si Prusia consigue salir
victoriosa, el poder estatal llegará a estar más centralizado y lo mismo
ocurrirá con todo el movimiento obrero de Alemania. La potencia alemana
trasladará el centro del movimiento obrero de Francia a Alemania. Sólo
es necesario comparar el movimiento en estos dos países, desde 1866 a
nuestros días, para convencerse de la superioridad de la clase obrera
alemana sobre la francesa, tanto en la teoría como en la organización y
su potencia mayor en los acontecimientos internacionales significa un
triunfo para nuestra doctrina sobre la de Proudhon...»
Marx tenía razón: el triunfo de Alemania sobre Francia significó una nueva ruta en la historia del movimiento obrero europeo.
El socialismo revolucionario y liberal de los países latinos fue
hecho a un lado, dejando el campo a las teorías estatales y
anti-anarquistas del marxismo. La evolución de aquel socialismo
vivificante y creador se vio turbada por el nuevo dogmatismo férreo que
pretendía poseer un pleno conocimiento de la realidad social, cuando era
apenas un conjunto de fraseologías teológicas y de sofismos fatalistas,
y resultó ser luego el sepulcro de todo verdadero pensamiento
socialista.
Con las ideas, cambiaron también los métodos de lucha del
movimiento socialista. En vez de los grupos revolucionarios para la
propaganda y para la organización de las luchas económicas, en los
cuales los internacionalistas habían visto la semilla de la sociedad
futura y los órganos aptos para la socialización de los medios de
producción e intercambio, comenzó entonces la era de los partidos
socialistas y de la representación parlamentaria del proletariado. Poco a
poco se olvidó la antigua educación socialista que llevaba a los
obreros a la conquista de la tierra y de las fábricas, poniendo en su
lugar la nueva disciplina de partido que consideraba la conquista del
poder político como su más supremo Ideal.
Miguel Bakunin, el gran contrincante de Marx, observó con
clarividencia el cambio de la situación y con el corazón amargado
predijo que, con el triunfo de Alemania y la caída de la Comuna de
París, comenzaba un nuevo capítulo en la historia de Europa. Físicamente
agotado y mirando de frente a la muerte, escribió, el 11 de Noviembre
de 1874, estas importantes palabras a Ogaref: «El bismarkismo ─que viene
a ser militarismo, régimen policial y monopolio financiero fusionados
en un sistema que se titula el Nuevo Estado─ está triunfando en todas
partes. Pero quizás dentro de diez o quince años la inestable evolución
de la especie humana alumbrará nuevamente los senderos de triunfo».
Bakunin se equivocó en esa ocasión, no calculando que habría de pasar
medio siglo hasta que, en medio de una terrible catástrofe mundial,
fuera derrotado el bismarkismo.
V
Así como el triunfo de Alemania en 1871 y la caída de la Comuna de
Paris fueron los signos de la desaparición de la vieja Internacional,
así la gran guerra de 1914 fue el punto de arranque de la bancarrota del
socialismo político.
Y aquí ocurre un extraño suceso que resulta a veces
verdaderamente grotesco y que sólo encuentra su explicación en la falta
de todo conocimiento sobre la historia del viejo movimiento socialista.
Bolcheviques, independientes, comunistas, etc., no dejaron de acusar a
los herederos de la vieja Social-democracia de una vergonzosa
claudicación de los principios del marxismo. Los acusaron de haber
ahogado al movimiento socialista en el pantano del parlamentarismo
burgués, de haber interpretado mal la actitud de Marx y Engels sobre el
Estado, etc.
El director espiritual de los bolcheviques, Nicolás Lenin, trató
de fundamentar su acusación sobre bases sólidas en su conocido libro «El
Estado y la Revolución», que es reputado por sus discípulos como la
verdadera y pura interpretación del marxismo. Por medio de una colección
de citas perfectamente arregladas pretende demostrar Lenin que «los
fundadores del socialismo científico» fueron siempre enemigos declarados
de la democracia y del pantano parlamentario y que todas sus
aspiraciones iban encaminadas a la desaparición del Estado.
No hay que olvidar que Lenin hizo recién descubrimiento cuando su
partido, contra todas las esperanzas, se vio en minoría después de las
elecciones para la Asamblea Constituyente. Hasta entonces los
bolcheviques habían participado a la par de los demás partidos en las
elecciones y se cuidaban de no ponerse en conflicto con los principios
de la democracia. En las últimas elecciones para la Asamblea
Constituyente de 1918, tomaron parte con un programa grandioso,
esperando obtener una mayoría importante. Pero al ver que, a pesar de
todo, quedaban en minoría, declararon la guerra a la democracia y
disolvieron la Asamblea constituyente, publicando entonces Lenin su obra
«El Estado y la Revolución» como justificativo personal.
VI
La tarea de Lenin no era sencilla por cierto: de un lado se veía
obligado a hacer concesiones avanzadas a las tendencias anti-estatales
de los anarquistas y del otro a demostrar que su actitud no era en modo
alguno anarquista, sino marxista únicamente. Como inevitable
consecuencia de todo esto su obra está llena de errores contra la lógica
del sano pensamiento en el hombre. Un ejemplo probará esta afirmación:
queriendo Lenin acentuar lo más posible una supuesta tendencia
anti-estatal de Marx, cita el conocido párrafo de «Guerra civil en
Francia», donde Marx da su aprobación a la Comuna por haber comenzado
desterrando el Estado parasitario. Pero Lenin no se toma el trabajo de
recordar que Marx se veía obligado con estas palabras ─que están en
abierta contradicción con toda su actitud anterior─ a hacer una
concesión a los partidarios de Bakunin, con los cuales mantenía, por
aquel entonces, una lucha muy enconada.
Hasta el mismo Franz Mehring ─a quien no se le puede sospechar de
simpatía hacia los socialistas mayoritarios─ ha debido reconocer esa
contradicción en su último libro «Karl Marx», donde dice: «No obstante
todo lo verídico que sean los detalles de esa obra, esta fuera de duda
que el pensamiento allí expresado contradice todas las opiniones que
Marx y Engels habían venido proclamando desde el «Manifiesto Comunista»
un cuarto de siglo antes».
Bakunin estaba en lo cierto al decir por aquel entonces: «La
impresión de la Comuna levantada en armas fue tan imponente que hasta
los marxistas, cuyas ideas habían sido completamente desalojadas por la
revolución de París, tuvieron que doblar la cabeza ante los hechos de la
Comuna. Hicieron más aun: en contradicción con toda lógica y con sus
convicciones conocidas tuvieron que relacionarse con la Comuna e
identificarse con sus principios y aspiraciones. Fue un carnavalesco
juego cómico... pero necesario. Pues el entusiasmo provocado por la
Revolución era tan grande que habrían sido rechazados y arrojados de
todas partes si hubieran intentado encastillarse en sus dogmatismos.
VII
Algo más aun olvida Lenin y algo que es, por cierto, de capital
importancia en esta cuestión. Es lo siguiente: que fueron precisamente
Marx y Engels quienes trataron obligar a las organizaciones de la vieja
Internacional a desarrollar una acción parlamentaria, haciéndose, de
este modo, responsables directos del empantanamiento colectivo del
movimiento obrero socialista en el parlamentarismo burgués. La
internacional fue la primera tentativa para unir a los trabajadores
organizados de todos los países en una gran unión, cuya aspiración final
seria la liberación económica de los trabajadores. Diferenciándose
entre si las ideas y los métodos de las diferentes secciones, era de
capital importancia establecer los puntos de contacto para la obra común
y reconocer la amplia autonomía y la autoridad independiente de las
diversas secciones. Mientras esto se hizo la internacional creció
poderosamente y floreció en todos los países. Pero todo cambió por
completo desde el momento en que Marx y Engels se empeñaron en empujar a
las diferentes federaciones nacionales hacia la acción parlamentaria.
Esto ocurrió por primera vez en la desgraciada conferencia de Londres de
1871, donde lograron hacer probar una resolución que terminaba con las
siguientes palabras:
«Considerando: que el proletariado sólo puede permanecer como clase
constituyéndose en partido político aparte, en oposición a todos los
viejos partidos de las clases dominantes; que esta constitución del
proletariado en partido político es necesaria para llegar al triunfo de
la Revolución Social y a su finalidad, la desaparición de las clases;
que la unión de las fuerzas proletarias que se viene consiguiendo por
las luchas económicas es también un medio de que se valen las masas en
la acción contra las fuerzas políticas del Capitalismo; la Conferencia
recuerda a los miembros de la Internacional la necesidad de mantener en
las luchas obreras indisolublemente unidas sus actividades económicas y
políticas».
Que una sola sección o federación de la Internacional adoptara tal
resolución era cosa bien posible, pues sólo a sus componentes envolvería
el cumplimiento de ella; pero que el Consejo Ejecutivo la impusiera a
todos los componentes de la Internacional, y máxime tratándose de un
asunto que no fue presentado al Congreso General, constituía un proceder
arbitrario, en abierta contradicción con el espíritu de la
Internacional y que tenia necesariamente que levantar la protesta
enérgica de todos los elementos individualistas y revolucionarios.
El Congreso vergonzoso de La Haya, en 1872, concluyó la obra
emprendida por Marx y Engels para transformar a la Internacional en una
maquinaria de elecciones, incluyendo a este efecto una cláusula que
obligaba a las diferentes secciones a luchar por la conquista del poder
político. Fueron, pues, Marx y Engels los culpables del divisionismo de
la Internacional, con todas sus consecuencias funestas para el
movimiento obrero, y los que por la acción política trajeron el
empantanamiento y la degeneración del Socialismo.
VIII
Cuando estalló la revolución de España en 1873, los miembros de la
Internacional ─casi todos anarquistas─ desconocieron las peticiones de
los partidos burgueses y siguieron su propio camino hacia la
expropiación de la tierra y de los medios de producción, con un espíritu
socialmente revolucionario. Estallaron huelgas generales y revueltas en
Alcoy, San Lúcar de Barrameda, Sevilla, Cartagena y otros lugares, que
tuvieron que ser sofocadas en sangre. Más tiempo resistió la ciudad
portuaria de Cartagena, la cual se mantuvo en manos de los
revolucionarios por espacio de varios meses hasta que finalmente cayó
debido al fuego de los buques de guerra prusianos e ingleses. En aquel
entonces Engels atacó duramente en el «Fol-Stat» a los bakuninianos
españoles y los apostrofó por no querer adherirse a los ciudadanos
republicanos. ¡Cómo hubiera el mismo Engels, si viviera aun, criticado a
sus discípulos comunistas de Rusia y Alemania!
Después del célebre Congreso de 1891, cuando los dirigentes de
los llamados «Jóvenes» fueron expulsados del Partido Socialdemócrata,
por levantar la misma acusación que Lenin dirigía a los «oportunistas» y
«kautzkianos», fundaron éstos un partido aparte con un órgano propio:
«Der Socialist» en Berlín. Al principio, este movimiento fue
extremadamente dogmático y representó ideas casi idénticas a las del
actual Partido Comunista. Si se lee, por ejemplo, el libro de Teistler
«El Parlamentarismo y la clase obrera», se encontrarán idénticos
conceptos que en «El Estado y la Revolución» de Lenin. Al igual de los
bolcheviques rusos y de los miembros del Partido comunista alemán, los
socialistas independientes de aquel entonces rechazaban los principios
de la Democracia y se negaban a participar en los parlamentos burgueses
sobre la base de los principios reformistas del marxismo.
Y ¿cómo hablaba Engels de esos «Jóvenes» que se complacían, al
igual de los comunistas, en acusar a los dirigentes del Partido
Socialdemócrata de traición al marxismo? En una carta a Sorge en octubre
de 1891, hace el viejo Engels los siguientes amables comentarios: «Los
asquerosos berlineses se han convertido en acusados en vez de seguir
siendo acusadores y habiendo obrado como cobardes infelices han sido
obligados a trabajar fuera del Partido, si es que desean hacer algo. Sin
duda hay entre ellos espías policiales y anarquistas disfrazados que
desean trabajar secretamente entre nuestra gente. Junto a ellos hay una
cantidad de asnos, de estudiantes ilusos y de payasos insolentes de todo
surtido. En total son unas doscientas personas».
Seria verdaderamente curioso saber con qué adjetivos simpáticos
hubiera hoy honrado Engels a nuestros «comunistas», que se dicen ser
«los guardadores de los principios marxistas».
IX
No es posible caracterizar los métodos de la vieja Social-democracia.
Respecto a tal punto Lenin no dice una sola palabra y menos aun sus
amigos alemanes. Los socialistas mayoritarios deben recordar este
detalle sugerente para demostrar que son ellos los verdaderos
representantes del marxismo; cualquiera que conoce algo de historia debe
darles la razón. El marxismo fue quien impuso la acción parlamentaria a
la clase obrera y marcó la ruta de la evolución operada en el Partido
Social-demócrata alemán. Solo cuando esto se comprenda, se entenderá que
la ruta de liberación social nos lleva a la tierra feliz del anarquismo
pasando por encima del marxismo.